De la Muerte

Todos somos muertos, agolpados en la fila de la vida, esperando pacientemente, que nos llegue el turno de caer al sepulcro.

Caer en silencio, en realidad caemos desde el mismo instante en que hemos nacido. Desde el primer respiro y llanto entramos en este macabro sentido, poblando los territorios. Somos muertos caminando por la calle, comprando en los supermercados, pagando la luz atrasada, la cuenta en los bares, los zapatos que ya no tenemos y que seguimos pagando. Muertos sentados en la plaza o frente a los computadores, muertos enterrando muertos. Muertos esperando en el sendero de los desempleados, muertos borrachos, muertos encalillándose, muertos amándose, jurándose amor para siempre, muertos sonriendo, muertos disparando mísiles en el Medio Oriente, desde el Asia y Europa en América Latina. Muertos asolapados en el desierto. Muertos desfilando en los carnavales de la televisión. Muertos vociferando palabras sin saber que existen.

 

En realidad los únicos seres vivos son quienes aún no han nacido. Para un niño del futuro somos todos muertos.

 

Así vamos entrampados sin saber qué hacer, vamos ciegos por la vida camino a la tierra, al templo de las circunstancias, donde transitan nuestros dolores.

Entonces no lloremos, todo está determinado. No hay nada que hacer hermanos. Transitemos callados, sin tanto aspaviento, dejemos eso para los molinos que son eternos, para los ríos, para los alerces, para la lluvia. Y hablemos con lenguaje de volcán, hablemos con el que sabe. Preguntémosle a las montañas cómo es vivir, y dejémonos de tontería de una vez. Mirándonos frente a frente, allí está la sonrisa, la esperada. Allí está la palabra que al final, siempre, es lo único que nos queda.

Construyamos silencio de metales y sangre. Alguien nos aguarda en la esquina, en la plaza, en la estación, en la parada del bus, en el recuerdo de los viejos y la bella ingenuidad de la infancia. Todo es nuevo alguna vez. La primera vez que vi a mi madre con su dulce voz en la artesa sin quejarse. La primera vez que vi a mi hijo sin poder creerlo..

Todos somos cada día, de ese caminar lento, borracho cantando por las calles, inundado de risa y corazón. Todos somos nuevos cada día. Rumbo al trabajo y el dinero que no alcanza, rumbo al hambre, a la soledad, al hospital, al abrazo del que se marcha, del que no terminó su carrera y llora. Del que no bailó nunca y sin embargo canta.

 

Todos somos muertos caminando.

Todos somos muertos cantando por las calles, nuestra propia canción.

 

 

 

Antonio Lagos

 

Sobre el buen morir

Amparo Aguilar.

 

Para morir primero hemos de haber vivido. Y no se trata de respirar ni del latir de nuestro corazón. No. Es tener conciencia de estar vivo. Y para ello se requiere entereza. Aceptar que somos una cadena de acontecimientos y de personas. Que mi decisión influirá en otro y otra en la mía. Que todos estamos a 6 grados de separación, por lo tanto debo pensar bien lo que pienso y lo que digo. Si voy a morir es porque hoy estoy viviendo. Cada acto de mi vida es la consecuencia directa o indirecta de mis decisiones.

 

Y morir es un cambio. Es otra oportunidad que, si pensamos, por supuesto que para hacerlo mejor.  Porque para nacer nuevamente -y lo digo en términos tangibles y espirituales- he de morir. El cómo es la cuestión. Si con tranquilidad o con los demonios del arrepentimiento rondando. Si muero para vivir la vida que soñé o muero para quedarme allí, de nuevo enredado. Y quejándome de todas las cosas y hechos... entonces, para morir bien he de vivir mejor.

 

Sin duda alguna que dejar de abrazar a quien amamos es duro. Es un dolor que va y viene y que se siente como un pedazo de corazón que falta. Pero en ese instante he de celebrar la vida de aquel, todo cuanto le dije e hice. Y su recuerdo ha de ser una guía para quienes nos quedamos. A veces, cuando siento el olor de las lilas y me lleva a un tiempo pasado, a mi también me da pena y quisiera tener aquella figura pequeña y su mano huesuda asida a la mía, mientras me decía "calma, todo pasará". Pero ese instante de dolor me lleva rápidamente a su abrazo. Entonces, su muerte no duele sino que agradezco su vida.

 

Vamos, entonces, viviendo la vida diciendo "te amo, lo siento, perdóname y gracias". Para que cuando nuestro propio desencarnar se produzca, seamos para los viajeros terrenos un sonrisa y no una amargura.

Y cuando tomemos una decisión pensemos en la única certeza que tenemos en la vida: hemos de morir.