Ciudad silenciosa: Cementerio Parroquial San José de Linares

El Primer Cementerio de la Villa data del año 1805, cuando el cura de la Barra solicitó al Cabildo su construcción y así evitar sepultaciones en otros lugares. Se ubicó en lo que hoy son las calles Yungay y Kurt Môller (antigua Constitución). A mediados del siglo XIX el camposanto comenzó a hacerse estrecho, por lo que se trasladó a las afueras de la ciudad; donde funciona hasta el día de hoy.

 

Como una ciudad, un cementerio necesita de ciertas ordenanzas o reglamentos para su funcionamiento. Pero, ¿qué buscamos cuando visitamos los cementerios? Buscamos vida en la última morada de aquellos que nos precedieron en el tiempo y de los cuales ya sabemos qué hicieron y qué dejaron a su paso por la tierra.

 

José Serrano Belinchón, profesor emérito de Lengua y Literatura, nacido en Olivares de Júcar (Cuenca, España); miembro correspondiente de la Real Academia de Artes y Letras, señala que “se va a los cementerios para conocer cúpulas, ángeles custodios y monumentos que nos legaron escultores y arquitectos, a ver las bóvedas de quienes hicieron historia, de escritores que nos conmovieron con sus libros, de artistas que nos emocionaron y de otros muchos protagonistas, que dejaron su huella en este mundo”.

Y agrega, “nada más ingrato que hablar de la muerte y, más todavía, escribir sobre ella. Esa realidad indiscutible que solemos tratar con respeto y que es tan segura como la misma vida. Lo es, igualmente, referirse a los cementerios que tanto tienen que ver con la vida y con la muerte

 

Si bien es cierto que son muy diversos los puntos de vista bajo los que se pueden considerar los cementerios, en nuestra civilización, por ejemplo, los consideramos por lo que son y por lo que significan; por su constitución física, teniendo en cuenta la variedad de culturas, y por lo que representan, concepto en el que entran, además, el factor religioso y el costumbrista, según las creencias de los distintos pueblos que habitamos la tierra.

 

La Real Academia define al cementerio como “Terreno, generalmente cercado, destinado a enterrar cadáveres”. No se puede dar una definición más fría y más carente de afecto que la que nos ofrece la R.A.E. por mucho que se ajuste a la realidad, como es su deber.

 

Dormitorio, necrópolis, camposanto, son algunas de las denominaciones que se manejan para referirse a los cementerios, en distintos momentos y culturas, según se les considere como lugar de espera hasta el día de la resurrección, como simple ciudad de los muertos (ciudad silenciosa), o como tierra sagrada donde yacen los cuerpos que acompañaron -por este mundo- a las almas que ya pasaron por el primero de los juicios de Dios.

Los cementerios son una lección de respeto, reflejando el alma de los pueblos.  Sus diferencias, su misterio, su silencio infinito, el modo como se trata a la muerte en cada lugar y en cada país, llevan siempre implícita toda una serie de variantes en cuyo mensaje resulta interesante conocer.

 

Dice, Serrano Belinchón, que estos “lugares entrañables donde los que allí habitan se rigen por una sola ley: el silencio, el descanso y la paz”. Como para hacer una reflexión sociológica.

Y agrega, sabiamente, que “aunque perdidos -a veces- en las oscuras sombras del abandono, algo tan nuestro como lo es el despojo de nuestros propios padres, abuelos y amigos, eslabones perdidos de la débil cadena que afianza el ser y el no ser de nuestra vida en la tierra”. Interesante punto de vista; que quizás nos esté reflejando, en general, cómo somos en esta cadena humana del ser y no ser de nuestra vida terrena.

 

¿Cómo es una ciudad silenciosa? Recurrimos a la poética maulina, para ver luz en una interrogante que nos interpela; buscando respuesta desde el fondo del ser humano.

Aída Moreno Lagos, poetisa y maestra talquina, indica que se puede definir como “dormidas calles donde mis recuerdos floridos, inesperadamente me salen a encontrar, voces que tienen todas las sedas de los nidos; para que nuestras almas lleguen a descansar

Emma Jauch Jelves, poetisa, narradora, pintora y profesora de Artes Plásticas, nacida en Constitución, señala que “todos estamos, pero algunos faltan. Guardemos un lugar en nuestra mesa para el que tuvo prisa; dejemos un lugar al que se fue primero

 

Manuel Fco. Mesa Seco, poeta, cuentista, ensayista, dramaturgo y abogado, nacido en Constitución, tiene una explicación donde “el cuerpo se hizo viaje. Cántaro de gemidos sin fondo y alfombras de soledad. En lo alto la cruz de Dalí resplandece como una amiga bella

 

Un recorrido minucioso por sus avenidas, permite visualizar mausoleos, sepulturas, nombres, fechas, epitafios; conociendo anécdotas e historias y la riqueza arquitectónica de una parte de la historia de Linares; además aquí están -en gran número- los personajes que han marcado la historia linarense.

En la soledad de los pasajes más antiguos del cementerio, encontramos detalles curiosos de una arquitectura perdida, con sus mausoleos, bóvedas, personajes o ignotos ciudadanos, de expectables figuras de la ciudad como notables desconocidos, sepultados en uno de los cementerios de nuestra ciudad (Parroquial San José) y que guarda un valioso caudal de piezas artísticas y arquitectónicas.

 

Envueltos en el epitafio del sufrimiento, del agradecimiento y/o del recuerdo, cada ciudad y cada pueblo posee un legado silencioso de su personalidad e idiosincrasia; donde los cementerios pueden ser un gran libro abierto, para quienes visitan estos lugares. Allí se puede encontrar con un sinfín de informaciones de sus habitantes y en medio de estos jardines y nichos de la memoria, pueden existir innumerables datos valiosos, que pueden servir para reflexionar en soledad, de la vida y de la muerte, del ser y el no ser.

 

Lápida de 1951, Cementerio de Yerbas Buenas
Lápida de 1951, Cementerio de Yerbas Buenas

“En el ángulo nororiente, sobre el antiguo camino de Panimávida y al lado del fundo Bellavista de Pablo Laborié, se encuentra el Cementerio Parroquial ubicado en un retazo de suelo de 250 mts de largo por 1235 de ancho, que dista 17 cuadras de la Plaza y 14 de la Estación. Para llegar él es preciso seguir la Avda. Nacimiento hasta Arturo Prat, avanzar desde aquí media cuadra al norte, una al oriente, otra al norte y, finalmente, cien metros hacia la cordillera.

 

Una avenida de 4 mtrs. de ancho forma dos porciones iguales en que las sepulturas de tierra se alternan con las bóvedas, mausoleos y nichos, construidos sin ningún orden y en diferentes sectores. Resulta muy difícil hacer una descripción exacta, pues no hay por donde empezar ni cómo explicar las cosas para hacernos entender fácilmente.

 

La avenida a que nos referimos parte de la puerta hacia el norte y ofrece por el poniente los mausoleos de José M. Urrutia Carvajal, Padreo M. del Campo, R. Allende, José R. Vallejo, Gregorio Lara, uno sin nombre, Vicente Gatti y Luis Pillet, Alejandro Casanueva, en ruinas; y por el oriente el de Juan de la Cruz Benítez, Laura Sommers y Félix Encina, Blas y Rodemil Bustamante, uno abandonado y sin nombre, Familia Tapia y Pedro N. Díaz y familia. En total, hasta el Calvario existen 9 al poniente y 7 al oriente, destacándose los de Urrutia, Del campo y Benítez, que son los más puntosos del todos. En torno al Calvario están las de las familias Palacios, Encina, Villalobos, Perque Lizana y el de Pedro Basoalto, muerto en 1892, ambos olvidados por sus deudos, especialmente este último.

 

De los antiguos podríamos que existen tres cuerpos principales: uno ubicado al término de la avenida central, después del calvario, situado en sentido de sur a norte con frente al oriente; el segundo es el del ángulo suroeste, que sigue al poniente de la Morgue y se continúa unos 30 mts. al norte; y el tercero es que el aparece al suroriente y   del primer cuerpo, vecino a la tumba de la familia Osorio Ferrada, que se adorna con una copia de la hermosa escultura de Blanca Merino que está en su mausoleo del Cementerio General de Santiago y además en el de La Serena.

 

Próximo a la puerta principal, al poniente del mausoleo Urrutia Carvajal, se levantó poco después de 1915 otro cuerpo con frente al sur y norte; y vecino a este un poco al noroeste, aparece el mausoleo de la Sociedad La Unión, frente al cual está el de la Sociedad de San José y después se levanta el del Cuerpo de Bomberos, iniciado en Julio de 1935.” (…)

 

“La creación de este recinto de paz y silencio se remonta al último tercio del siglo pasado. Cuando el viejo Panteón de la calle Yungay se hizo estrecho, surgió la idea de trasladarlo a los terrenos que el Municipio poseía en las afueras de la ciudad y así fue como se ubicó en el sitio actual que entonces se encontraba totalmente aislado del pueblo. NO hubo como algunos creyeron el deseo de perjudicar al señor José R. Vallejo, que a la sazón era dueño del fundo Bellavista. La estrecha unión que existía entre el ayuntamiento y la curia determino su entrega a la vigilancia y administración de la parroquia, puesto que ésta era la que antes de 1885 tenía que entenderse con los certificados de defunciones. Por tal razón, desde sus primeros tiempos el Cementerio tuvo carácter eclesiástico, no obstante que los fondos con que se edificó y los terrenos eran del municipio. La casa de amplio corredor que dá al camino de Panimávida y las murallas divisorias fueron construidas bajo la vigilancia de Juan A. Alvarado, uno de los primeros maestros en su ramo que tuvo Linares. En su ancianidad recordaba que semanalmente recibía de la caja municipal los dineros destinados al pago de los salarios de sus obreros.

Entregado a la administración de la curía, no se creó un ítem en el presupuesto anual para su conservación, de ahí que desde su creación estuvo en el más completo desamparo, debido a que las entradas percibidas por los derechos de sepultación eran muy escasas.

 

En vista del abandono que se notó desde el primer instante en que entró en servicio, algunos Regidores manifestaron la conveniencia de exigencia a la curía un mayor cuidado o, en su defecto, la entrega a la municipalidad, que era su verdadera propietaria. En 1892 aparecen las primeras campañas de prensa iniciadas por Julio y Eduardo Grez Padilla, Sapiaín y Manuel Sepúlveda y Parra, y ratificadas en el municipio por Luis T. Fiegehen, en las cuales se pedía la creación de un Cementerio General si no se conseguía la transformación del Parroquial. Sin embargo han transcurrido 52 años y lo que fuera proyectado con tan buena intención aún no puede ser una realidad. A principios de 1929 se creyó haber encontrado una solución acertada mediante un convenio entre las autoridades de la época. El Intendente David Hermosilla y el Alcalde Juan P. Rojas habían acordado exigirle al obispo León Prado que entregara el Cementerio a la Junta de Beneficencia, de acuerdo a un decreto ley de años anteriores. Todo estaba listo para ejecutar esta aspiración, mas quiso la mala suerte de los habitantes que el Sr. Hermosilla fuese trasladado en abril a la Intendencia de Valparaíso y dos meses después dejaba la Alcaldía el Sr. Rojas; las gestiones realizadas no pudieron continuarse por haber llegado autoridades que no deseaban tratar este asunto. Tampoco se pudo obtener una solución satisfactoria en 1935, no obstante que en sesión del 2 de junio la Municipalidad tomó el acuerdo de pedirle al Gobierno que de una vez por todas pasando este establecimiento a la Dirección de Sanidad.”

 

(Extractos del libro Las Calles de Linares, de Nieves de Ancoa, 1950)